sábado, 7 de febrero de 2015

trilogía de Gijón. parte I

my little dead dick



Tomar un cafetín. Un cafetín en casa. Ven a casa, a las cinco de la tarde, que serán las cinco y media - nunca fuiste muy puntual - con un pastelín que compré en la tienda de la esquina. No sé si es el mal tiempo, o lo lúgubre de la luz hoy aquí cerca del puerto, pero no quiero hacer otra cosa que estar en casa, sentados encima del reloj, y viendo las horas pasar debajo de nosotros. Pongo un poco más de agua en la cafetera, y el viejo truco de la ecuación matemática de las cacetillas de café para que salga denso pero no demasiado, oscuro pero no negro, fuerte pero no de cuchillo, y rico. Siempre rico. Toda la casa huele a café, y solo se oyen las gaviotas. De repente este es mi momento favorito del día, pero sé que dentro de cinco minutos, ocurrirá otra fotografía temporal que sustituirá el momento anterior. Pusimos música electrónica del Norte en la habitación. El aire se puede tocar, se puede palpar como algodón, aquí, entre los espacios que hay entre nosotros, como una película de Gondry. Se está cómodo aquí. No te muevas. ¿Te traigo más café? Hoy no tengo ganas de salir de casa, dentro de poco es mi cumpleaños, y solo quiero seguir sonriendo. Cuéntame más cosas. No acabes nunca.





viernes, 6 de febrero de 2015

les films de Frau

patrick tsai



Encontramos un hostal perdido en medio de la carretera. Era finales de junio y teníamos todo el verano por delante. Nadie nos esperaba en ningún sitio. Y eso puede ser maravilloso. Recorrimos incontables kilómetros persiguiendo el sol, y escuchando garage primigenio. Nos aprendimos todas las canciones con fuzz. Un día por la mañana hacía mucho calor y los dos estábamos que nos subíamos por las paredes. Encontramos un motel con una enorme palmera de neón en mitad de la nada. Los neones estaban apagados, hacía muchísimo sol y se reflejaba el desierto en los tubos pálidamente verdes. Entramos, una señora eternamente aburrida nos guió a una puerta desconchadísima a través de un pasillo con moqueta. Cerramos la puerta en cuanto se giró, y nos amamos hasta doler.
Luego investigamos la ducha mientras sonaban los black lips, y de ahí, esta foto.

Todos los días nos perdemos un poco en carreteras secundarias.



jueves, 5 de febrero de 2015

chulas y famosas


madi ju




Tengo el recuerdo grabado a fuego en la memoria. Solía bañarse a partir de marzo en la playa. La observaba todos los días, era una especia de amor voyeur y amistad inexistente. Elegante, salía del agua, y siempre hacía la misma operación. Cogía un palillo y se recogía el pelo. Se frotaba la arena en la humedad del bañador negro. Abría la mochila verde, cogía un cigarrillo, me daba la espalda, y mirando al mar, se lo encendía, lenta, cuidadosa y elegantemente. No sentía jamás el frío, y lo fumaba tranquilamente mirando las olas, y a la otra gente que también la imitaba en su locura de temporada. Con el pie hacía pozos en la arena. Ella era el dulce aderezo salado de mis paseos por la playa, cuando me regalaba mi media hora de soledad escogida, y me impregnaba de la realidad, de otras personas, de la realidad de otras personas, de lo que se vive, de lo mágico de cada esquina, y de lo brillante de lo banal. Y de sus baños en el mar, que luego volcaba en el colectivo unicornio.




la vida sexual

stephen shore


¿Y ya está? Un triste huevo frito, con la yema seca, y los ribetillos quemados. Pues vaya. Al menos el plato era bonito. De esa vajilla vieja. Pero no podría mojar el pan en la yema. Joder. De todos modos, qué más da. Habíamos estado toda la tarde en el monte, recogiendo setas, las más bonitas, esas que no se deben comer, las más coloridas, las más brillantes, nos dejamos encaprichar del infierno. A sabiendas de que estábamos escogiendo la pastilla errónea. Con una sonrisa.
Sonaba de fondo ride a white horse y las hojas del calendario se despegaban de la realidad. Nosotros nos pasamos todo el invierno al otro lado del Río, entre nieve, con muchas capas de ropa, y vino del rico. Hacíamos el amor y apenas comíamos. En la nevera, el eco era cada vez mayor. Pero teníamos unos platos viejos, huevos de la gallina de casa, y la casa ardía por dentro. Libros de contracultura eran nuestras estanterías. La anarquía era la base del salón, y lo queer, estaba debajo de los vinilos. Hacíamos fuego al mirarnos, y cada día estabas más guapo. ¿Cómo lo haces? Empieza a nevar.






martes, 3 de febrero de 2015

mi P. particular



Sí, mi insomnio continúa, y queda mucho tiempo para que se vaya. Quizás cuando encuentre un trabajo, cuando tenga un horario estrictamente gris, cuando deje de llover, cuando la caravana de la autopista se deshaga y se transforme en humo. Quizás entonces me duerma a horas de persona normal. Mientras tanto, aprovecho las horas del silencio, las horas del descanso ajeno, la oscuridad del invierno, y pienso, y sigo conduciendo por la autopista, y me siguen cegando las luces de los coches, y en realidad, no veo muy bien los carteles, y no sé a qué lugar me dirijo. Solo espero que sea lejos. Solo veo las líneas de la autopista iluminadas con la luz del coche, como en Carretera Perdida. Voy sobre un caballo blanco. Y las noches cada vez son más árticas.

Brillas, P. Brillas todos los días. Y cuando las cosas se tuercen, brillas todavía más. Como Ponyboy. stay gold.
La vida es contar injusticias y lo sórdido. Y las luces rotas. Y noches en vela.
Pero, a cambio, también sonrisas. Y tú las siembras todos los días. Y a veces, una lágrima riega la tierra para que la sonrisa sea todavía más fuerte. Porque nosotros nos quedamos a este lado del río, y vamos a luchar contra todo lo gris. Te lo prometo.




lunes, 2 de febrero de 2015

la noche más larga del año



¿Vienes? Me dirijo a esa cafetería en la que los camareros me caen bastante mal, esos que pasan un casting de belleza aburrida y oficial. Llueve aguanieve y hace frío frío frío, y lo hará toda esta semana. Pero hoy va a ser la noche más larga del año. Y la quiero vivir como si en realidad no tuviera que asistir a su final. Me acurruco en esa esquina acolchada y observo desde la distancia de todo. Aquella pareja me parece que es de fotografía. No tengo a mano más que el móvil, y hago un intento de atrapar el momento y esa luz, que nada tiene que ver en la pantalla con la que estoy viviendo en ese instante. Esta noche, el café me sabe eterno. Tus abrazos me abrigan más que nunca. Y la vida continúa detrás del cristal. Y Gijón hoy es un poco más feo que mañana, porque mañana va a ser mejor. Siempre es un poco mejor.  ¿Me das otro abrazo? El otro me supo a poco. Y hoy necesito mojarme los ojos de esta lluvia. La lluvia de dentro, la que duele y alegra al mismo tiempo.


domingo, 1 de febrero de 2015

las manos dentro del agua

my little dead dick



Eran días raros. Días en Gijón. Todo lo excéntrico que puede ser vivir en esta ciudad. Cada día aspirábamos a días salvajes, como la película. Tú llevarías esa camiseta interior blanca de tirantes de los años cuarenta, que os sienta tan bien. Y bailarías alguna canción de Xavier Cugat delante de un espejo roto por la humedad y el paso de la gente por esa habitación de hotel completamente destrozada. Pero en ese momento, os miré, en aquel salón, a los tres, riendo ebrios de vida, ebrios de ese momento, sentíais el confort del suelo debajo, y toda la incomodidad del mundo se había quedado de puertas para fuera. El mundo se había quedado gélido en la calle, y aquí, aquí estábamos, pasando las horas sin sentir la manecilla atravesada en la ventana. Y como en la canción, a veces pensaba que no sabía quererte. Gestionar estas sonrisas no es sencillo, y a veces, se te desgarra una herida preciosa que se cierra cuando se abren las cortinas y entra la luz de nieve, en una casa increíble desde la que se ve toda la ciudad. Toda esta ciudad. La ciudad vampira. Esta ciudad, que sin quererlo, amas y odias al instante.